17 de diciembre de 2017

A+D

Después de veintisiete días muerto-oficialmente-, Danny se levantó de entre los muertos, caminó hasta la cuarenta y dos con Lexington Avenue, abrió de par en par las puertas del Majestic y se lió a tiros con todo el mundo con una Thompson calibre 22 de cuello largo. Con todo el mundo menos con el camarero. Pidió un Jameson sin hielo y puso dos dólares encima de la mesa: “Dile a Callongero que me devuelva lo que es mío”.

Porque Anabelle era suya. Todo el mundo lo sabía. Callongero también. Pero Callongero tenía la costumbre de coger lo que quería. Siempre. Todo tenía un precio, decía, tarde o temprano. Aunque si no podía comprarlo, mandaba una cuadrilla de sicarios armados hasta los dientes a que entraran de noche a por la vida de Danny y le trajeran sus tripas envueltas en papel de periódico y a Anabelle en la parte de atrás del auto.
Era difícil matar a un O´Sullivan. A su tío Brennan una vaca le había caído encima desde el tejado de una casa y había salido de allí andando por sus propios pies, hasta el bar, claro, y a Kelly, la pequeña Kelly, que era prima suya por parte de madre, la había atravesado un rayo dos veces. El mismo día. Y seguía siendo rubia. Así que cuando Danny abrió los ojos y empezó a meterse el dedo en todos aquellos agujeros que antes de irse a la cama no estaban allí, pensó que tenía mucha suerte de seguir vivo. Hasta que se dio la vuelta en la cama y descubrió que en el sitio de Anabelle, ya no había nadie.


30 de noviembre de 2017

Ergo


Como cuando te estás meando-no haciendo pis-, meando encima y
no puedes pensar en otra cosa y
por fin llegas al baño y
casi haces agua en los últimos dos metros y
te la sacas y...
-no ha palabras-.
Uffff. Con tres o cuatro efes.
Ahhh. De me muero de gusto.

Pues yo te quiero  así. Rico-rico.

O como cuando vas a cruzar un paso cebra y un coche se te echa encima y se te ponen de pronto los ojos como platos y el corazón como una moto. De 500.
Como si hubieras visto a Elvis.
"Pues ya que estás aquí cántate algo."
El love me tender, por ejemplo.
Y en lo que dura un casi barra punto huy, acordarme de ti.
Mientras el eco del frenazo
y el tío por la ventanilla

diciendo que mi madre es una puta.






28 de noviembre de 2017

Su color favorito era el naranja


Simonetta no llevó nunca de chica el pelo limpio, corría, con un palo en la mano por ahí detrás de los niños a ver quién podía más, si aquella piara de mocosos malcriados o ella, que era la reina del panal, si ella, que escupía más lejos que nadie, si ella, que había criado polluelos de vencejo entre los rizos de su larga cabellera color tierra todo el verano, que sabía encontrar los gusanos más gordos bajo la corteza de los árboles. No de todos los árboles. Simonetta y las ramitas secas con las que hacía tirachinas que eran capaces de derribar una pared. O por lo menos los cristales. Como aquella vez que. Y Simonetta subió sola a donde la señora Feli, a decirle que había sido ella. Sin querer, claro. Y rara vez llevó zapatos. O solo porque no la dejaban entrar a algunos sitios; pero en cuanto podía, cruzaba descalza hasta los charcos. A lo poco empezó a gustarle Luca, tanto, que quiso comérselo, y un día en clase de termodinámica lo mordió en un brazo. Es que te quiero, le dijo. A Luca le empezó a salir sangre del mordisco y el conserje se lo llevó al ambulatorio. Le pusieron seis puntos y una inyección para que dejaran de saltarle las lágrimas al suelo. Luca no fue a clase al otro día. Ni al siguiente. Simonetta No vio a Luca nunca más en todos los días de su vida.

23 de noviembre de 2017

Caterpillar 797F



Ahora pon un dedo en el mapa.
Te estoy viendo. No abras los ojos.
Eso es Berlín.
Inténtalo de nuevo.
Groenlandia.
Otra vez.
El vaho de noviembre.
La lluvia en la ventana.
París, Oslo, La Habana.

Mi boca.

Muñequita también me ha perdonado, yo, por cierto
descubrí el Amazonas mientras tanto y
lloré mucho por todos los donuts que devora a diario la policía de Pittsburgh.

Hay cosas que tal vez no hagamos nunca, no puedes
bajar por la nieve del Everest, le dije alguna vez a alguien, subido a una concha de mejillón.
Ni salvar el mundo,creo.
Nunca lo he intentado.

Hoy tocó hacer balance. O Bufff. Como quieras llamarlo.
Nada que ver con
ganarse el cielo. Sólo se trataba de equilibrio, ya sabes,
como esas bailarinas
que se marcan un vals sobre un caballo blanco.
Un puto caballo blanco.
He decepcionado a tanta gente, no lo creerías.
Abandoné un perro. Maté un pájaro. Te fallé. Muchas veces.

No me dan miedo los payasos.
Ni dios.
Ni siquiera que exista.

Pero es que esta historia sin ti, todavía sería más triste.



21 de noviembre de 2017

Destornillador de estrella


Si tuviera un perro le llamaría Heráclito.
¿No busca un lagarto en mitad del desierto la sombra de un árbol?
Pude decir, vivo en el metro. Desayuno esperanza. Tuve una vida.
Pero lo cierto es que tengo una tele en color donde me gusta ver
reportajes sobre las cataratas del Niágara o
la tuberculosis
y quedarme dormido y soñar con globos aerostáticos.
Con manadas de búfalos.
Con una aspiradora.

Rasco a veces con las uñas los ladrillos.

O me como el papel y tiro el caramelo.